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Alicia Castilla: “La cultura cannabis genera lazos sociales, políticos y comerciales”

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Ninguno de los dos libros -best y long sellers- de Alicia Castilla hubiera podido venderse hace una semana en Rosario de Lerma, Salta, donde cualquier imagen o alegoría a la marihuana en un graffiti, una mochila o una remera era penada con la cárcel. Su casa, sus calcomanías alusivas –sobre todo esa que dice grande LSD- sería confiscada. Por supuesto que está al tanto y por supuesto que critica la polémica medida mientras compara la situación local con las de Francia y España, abre la puerta de su departamento para llamar el ascensor y –paranoica o discretamente- baja el volumen de la conversación hasta hacerlo inaudible.
Actitud extraña si se tiene en cuenta que con sus dos libros Cultura y Cultivo Cannabis llevan vendidos más de 14 mil de ejemplares en todo el país, además de los encargos a España y al resto de América latina. “Es que acá está todo mal”, se justifica esta psicoanalista tan influenciada por Jüng como por las cultura chamánicas que conoció en el Amazonas brasileño y, también en las selvas ecuatoriana y peruana. “Acá”, es su departamento en pleno Palermo, triste metáfora de la evolución y el aburguesamiento hippie. Pero la Señora Cannabis –como la llamaban muchos de los canillitas a los que les dejaba sus libros en consignación- no abandona su militancia pacífica, su aporte –dice- por “las libertades civiles” y prepara, en cambio, una nueva edición actualizada de sus dos libros mientras piensa en una tercera y diferente entrega. El primero y más exitoso, Cultura, es un compendio de información sobre la historia de esta hoja natural y milenaria pensado para consumidores y sus parientes, pero también para educadores, trabajadores sociales y comunicadores, dice. El segundo, Cultivo, debe ser leído como un intento por decodificar un fenómeno antropológico, cultural y socio económico. Más o menos leídos ahí están desde hace años, en cientos de kioscos de diarios desde Constitución a San Isidro, emergentes y reflejos de algo más grande.
-¿Qué recuerda ahora del lanzamiento de Cultura, a esta altura un libro de culto para muchos, que se encuentra en todos los barrios de la ciudad pero afuera de las librerías?
-Recuerdo que me sobraba trabajo en Brasil (donde viví 30 años) mientras lo escribía sin apuro y disfrutándolo mucho, porque era una cosa muy novedosa. Pero luego volví al país y me encontré con que tenía que quedarme aquí contra mi voluntad, en medio de un proceso de exclusión muy grande. Y ahí vi la posibilidad. De pronto me encontré con las cajas de Cultura Cannabis, acá, en mi departamento. Vendí la primera edición y ya me había olvidado hasta que publicaron una reseña un domingo en Página 12 y me llamo el país. Ahora voy por la sexta edición de Cultura y está casi agotada la segunda de Cultivo.
-Pero desde esa fecha -2001- en adelante la marihuana está más tolerada en el discurso público. ¿Qué cree que pasó?
-La crisis de 2001 le hizo un enorme favor a la sociedad. Pasó algo muy fuerte, fue un intento muy válido el de las asambleas populares. La gente convocaba médicos y profesionales de la salud para producir remedios gratuitos, los vecinos volvieron a conocerse entre sí. Luego hubo una retracción, pero esos procesos nunca se cierran del todo, aunque se recule, el espacio conquistado psíquicamente persiste. El 2001 hizo que la gente se abra y sea más tolerante a lo diferente, al otro. Pero el hecho de que la marihuana sea más aceptada no es local, sino mundial. Está pasando y es el propio consumo que se torna cada vez más presente, en la calle, las campañas, en la tele. La propia situación va ganando espacios.
-Para usted la cultura, el consumo y el cultivo de cannabis es más bien un hecho político
-El autocultivo de marihuana es un fenómeno de desobediencia civil casi universal que les cabe estudiarlo más y mejor a los antropólogos y sociólogos. Pero a mí me llamó la atención desde ahí. Mucha gente que quisiera que se despenalizara está muy decepcionada con la política, con la militancia tradicional. Entonces dicen: “hago la mía y planto”. Creo que esa gente manifiesta –por encima de cualquier sospecha- una actitud de hiperadaptabilidad al sistema. Esa actitud de plantarse ante la ley pero sin barricadas me pareció súper interesante. Pero el consumo y el cultivo es también, en segundo término, la búsqueda de una medicina prohibida que los médicos no recetan.
-Pero como fenómeno de resistencia es muy silencioso, ¿no?
-Sí, es un poco en silencio, pero depende de qué espacios estemos hablando. Es en silencio en la plaza pública, pero si entrás en Internet y ponés en un buscador “cultivo de marihuana” vas a ver que hay mucho diálogo al respecto, que también tiene que ver con este fenómeno de desobediencia civil el del intercambio de información. De hecho, no sé si se podría haber producido antes.
Castilla despotrica contra la política tradicional, a pesar de que reconoce –le debe bastante a la gestión de Aníbal Ibarra, que “como Clinon-se burla la autora-dice que probó y que no tragó el humo”. Gracias a los microcréditos de la gestión del ex jefe de gobierno pudo lanzar dos ediciones de su libro. Se topó contra funcionarios en contra de la despenalización, pero que reconocieron que su única función era medir sus posibilidades de recuperar la inversión. “Hay otra Argentina que no es muy visible pero es fascinante”, elogia ahora. También se acuerda de sus lectores agradecidos, de los agravios de otros “fumones” (como ella misma califica a los estereotipados fumadores) y de las demandas en su contra -finalmente improcedentes- por apología del delito.
Alicia Castilla no empezó a fumar marihuana por la literatura, como reza alguna leyenda periodística. Pero sí fue al final de la década de 1960. “Eran tiempos del movimiento hippie, de los Beatles y los Rolling Stones. Yo leí las cartas de William Burroughs a Allen Gringberg y me parecía que eso sólo les podía pasar a los escritores famosos”, explica antes de agregar que la marihuana apareció en su vida casi “por generación espontánea.
-Si como explica en “Cultura” el consumo antes era místico-medicinal. ¿Cuál es el uso que se le da hoy, en plena sociedad de consumo?
-Básicamente es un uso recreativo, pero hay que aclarar de qué estamos hablando, ya podría ser un uso recreativo-medicinal en tanto y en cuanto el 90% de los fumadores encuestados dice que lo hace por el estrés. Entonces: ¿prevenir o administrar tu propio estrés es medicinal o recreativo? Muchas veces pienso que ahora se fuma más porque la vida es más estresante. La gente alega que es para sentirse mejor ante situaciones de displacer. La cultura cannabis genera lazos sociales, culturales, musicales, políticos y comerciales.
-¿En qué instancia se encuentra hoy el debate sobre la despenalización de drogas?
-El consumo de drogas es algo cada vez más evidente. El problema es que no se puede hablar genéricamente, no se puede tener la misma actitud ante la marihuana que ante el paco. Cuando todo se transforma en una sola palabra –droga- los planteos se hacen bastante difíciles. La prohibición no ha dado resultados. En ese sentido estamos cada vez peor. Pero estamos mejor, porque algunos sectores de la sociedad intentan abordar el tema desde otras perspectivas. Las drogas han sido demonizadas en las últimas décadas a través de los medios, a través de la información. La sociedad tiene que estar preparada para ver cómo lidia hoy con el alcohol que es legal, que causa mucho sufrimiento y muchas víctimas, como el tránsito, pero no por eso prohibimos una cosa o la otra. Cuando la sociedad esté capacitada para discutir en forma adulta, ahí quizás les podamos dar a los chicos una posibilidad de no caer en el paco. La droga no es el problema, el problema es el hecho de que sea posible que los chicos estén tirados en la calle fumando paco.
El tiempo se acaba. Castilla cuenta su flamante experiencia en la Feria de Cáñamo en Barcelona, pero aclara que no todo en su vida es porro, faso, weed, ganja, brisa, poto, chala o cualquiera de las decenas de eufemismos que existen para llamar al Cannabis Sátiva, el nombre científico con que ella prefiere referirse a la marihuana. “Soy una militante de las libertades individuales y de los derechos civiles. No creo en los partidos políticos y estoy muy decepcionada con las estructuras. Esto es mi aporte, es algo dentro de las libertades civiles. Creo en una muerte digna, en las opciones sexuales libres, en el aborto. Esto es un aporte”, explica y reclama relajada, sin necesidad de levantar la voz.

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